El panorama económico que atravesamos en este último tramo de 2026 nos enfrenta a una realidad ineludible: la actividad productiva sigue estancada, cayendo un 1,7% interanual, y el riesgo país roza los 800 puntos básicos. Como Licenciado en Comercio Internacional, entiendo que para desarmar este escenario necesitamos salir de los manuales teóricos tradicionales. Simplificar la economía no significa recortar ideas, sino explicar con claridad por qué las recetas de siempre no están funcionando y qué alternativas reales existen.
El mito del “hada de la confianza” y la inversión privada Durante décadas, una parte del pensamiento económico nos ha dicho que si el Estado recorta drásticamente sus gastos y logra el “déficit cero”, los mercados financieros automáticamente aplaudirán la medida y los inversores traerán sus dólares. El premio Nobel Paul Krugman llama a esto, con mucha ironía, el mito del hada de la confianza. La realidad nos demuestra que la economía no funciona como un acto de magia.
Para entenderlo, imaginemos una panadería de barrio. Si el dueño decide que, para equilibrar sus cuentas, va a apagar la mitad de las luces, dejar de reparar el horno y comprar harina de peor calidad, es probable que sus números cierren en verde el primer mes. Sin embargo, los clientes dejarán de ir. Ningún inversor en su sano juicio compraría una panadería que vende cada día menos, por más prolija que esté su contabilidad. Lo mismo ocurre con un país. Como bien señala Joseph Stiglitz, los inversores internacionales saben que para que Argentina pague sus deudas en el futuro, necesita crecer hoy. Si asfixiamos la economía para mostrar solvencia, espantamos la misma inversión que buscamos atraer.
La trampa de los dólares y la ilusión de las reservas
Hoy escuchamos como una gran noticia que el Banco Central logró acumular más de US$ 15.800 millones. Sin embargo, los bonos argentinos caen y el riesgo país sube. ¿Por qué ocurre este desacople? La respuesta está en la estructura de nuestro comercio exterior y en lo que los economistas heterodoxos llaman la Ley de Thirlwall.
Esta ley explica que los países tienen un límite para crecer, que está marcado por los dólares que consiguen. El problema es cómo estamos consiguiendo esos dólares hoy. No estamos acumulando reservas porque de repente empezamos a exportar satélites, tecnología de punta o productos con altísimo valor agregado. Estamos juntando dólares porque apagamos la economía.
Pongamos un ejemplo industrial. Si una fábrica de tractores en Entre Ríos frena su producción porque nadie le compra, automáticamente deja de importar las piezas de motor y los componentes electrónicos que necesita del exterior. El Banco Central se ahorra esos dólares y las reservas suben. Pero festejar este ahorro es como sentirnos ricos porque dejamos de comer. Es un equilibrio financiero extremadamente frágil y engañoso. Si la economía quisiera arrancar y volver a producir, chocaríamos de inmediato con la falta de divisas.
El salario como motor, no como obstáculo
En el debate económico tradicional, el salario suele verse únicamente como un costo para las empresas. Sin embargo, desde una visión post-keynesiana, las economías como la nuestra funcionan bajo un régimen impulsado por la demanda. Esto significa que el consumo masivo es el verdadero motor del crecimiento.
Pensemos en el impacto de tener jubilaciones mínimas estancadas en $444.158 o paritarias que pierden sistemáticamente contra la inflación. Cuando una familia trabajadora pierde poder adquisitivo, recorta sus gastos: deja de comprar ropa, cancela salidas, pospone arreglos en la casa. Esto genera un efecto dominó fulminante. El comerciante local vende menos, el albañil se queda sin trabajo y la fábrica textil suspende turnos.
Al caer las ventas y la producción, el Estado recauda muchísimos menos impuestos (como el IVA y Ganancias). Para compensar esa caída en la recaudación, el Gobierno vuelve a recortar el gasto público, lo que achica aún más la economía y vuelve a tumbar la recaudación. El economista Lance Taylor bautizó esta dinámica como la trampa del estancamiento. Un ajuste perpetuo persiguiendo un equilibrio fiscal que siempre se aleja, porque el propio ajuste destruye la base sobre la cual se cobran los impuestos.
El Estado Emprendedor como salida al estancamiento
Si el ajuste perpetuo no es la solución, ¿cómo salimos de este laberinto? La salida requiere abandonar la idea de que el Estado solo debe administrar la escasez y dejar que el mercado se regule solo en medio de una recesión.
Siguiendo a pensadoras como Mariana Mazzucato, Argentina necesita construir un Estado Emprendedor. Esto no significa un Estado que gaste sin sentido, sino uno que invierta de manera estratégica y asuma riesgos donde los privados no se animan. Pensemos en internet, los algoritmos de búsqueda o los sistemas de GPS, todos nacieron con fuerte financiamiento estatal antes de que las empresas tecnológicas los comercializaran.
En nuestro país, esto se traduce en usar el crédito público para direccionar recursos hacia los sectores que pueden generarnos riqueza real. En lugar de limitarnos a exportar el grano de soja o el mineral crudo, necesitamos políticas industriales que financien el software aplicado al agro, la biotecnología y las energías renovables. Como profesional del comercio internacional, estoy convencido de que la única forma de romper nuestra vulnerabilidad externa es produciendo bienes más complejos. Solo exportando trabajo argentino de mayor calidad y recuperando el poder de compra de nuestra gente, lograremos una estabilización que no tenga gusto a cementerio, sino a verdadero desarrollo.
El impacto real en nuestras calles.
En localidades como Los Charrúas, donde el pulso económico late al ritmo de la producción agropecuaria y las economías regionales, esta trampa del estancamiento se ve en tiempo real. Cuando el mazo del ajuste licúa los salarios y las jubilaciones a nivel nacional, el consumo interno se desploma y nuestros productores sienten el impacto directo. No es solo un número frío en una planilla del Ministerio de Economía Es el galpón de empaque que reduce sus turnos, el trabajador rural que pierde poder de compra en el almacén del pueblo y el comercio local que vende la mitad de las herramientas porque la plata simplemente dejó de circular. El ajuste macroeconómico se traduce aquí en calles con menos movimiento y galpones con menos actividad.
Ahí es donde la ausencia de un Estado estratégico duele el doble. Si queremos que Los Charrúas deje de ser solo un proveedor de materia prima y empiece a agregar valor en origen —industrializando nuestra producción primaria o integrando tecnología al trabajo agropecuario— necesitamos crédito accesible y políticas reales de fomento. Retirar al Estado de sus funciones e intentar destruir el gasto público a martillazos no nos trae ninguna lluvia de inversiones extranjeras; por el contrario, nos condena al atraso productivo local, quitándole a nuestros jóvenes la posibilidad de desarrollarse, innovar y exportar trabajo entrerriano de calidad al resto del mundo.

