En el marco del Mes de la Concientización sobre el Autismo, dialogamos con Omar Acosta Neuropsicólogo Clínico,sobre la importancia de la detección temprana, los desafíos de la inclusión y la necesidad de transformar la mirada social hacia la neurodiversidad.
Por Diario News Media
Cada 2 de abril, desde 2008, el calendario global se detiene para reflexionar sobre el Trastorno del Espectro Autista (TEA). Sin embargo, la labor de sensibilización trasciende una fecha específica; es un ejercicio diario de empatía y educación. Para profundizar en esta condición de origen neurobiológico que se manifiesta en la infancia temprana, consultamos con Omar Acosta, Mentor de Neuroconvivencias Métodos y especialista en Neuropsicología Clínica Infantil.
Una perspectiva científica y humana
— Omar, existe aún mucha confusión sobre el término. ¿Qué es exactamente el autismo?
— Es fundamental partir de una premisa clara: el autismo no es una patología que deba curarse, sino una condición del neurodesarrollo. Esto implica que el sistema nervioso y el cerebro funcionan de manera diversa. Quien convive con TEA percibe su entorno a través de un filtro distinto, lo que impacta principalmente en tres ejes: la socialización, el lenguaje y la conducta.
— ¿A qué señales deben estar atentos los padres durante los primeros meses de vida?
— La detección precoz es el factor que marca la mayor diferencia en el progreso de cada niño. Debemos observar si existe falta de contacto visual, si hay retrasos en la adquisición del habla o si el pequeño no responde cuando se lo llama por su nombre. Una intervención oportuna no solo es recomendable, es esencial.
La complejidad del espectro
— El TEA se manifiesta de formas muy variadas. ¿Cuáles son los rasgos que suelen definir este procesamiento sensorial y cognitivo?
— El espectro es amplio. Algunos presentan dificultades en la interacción social; pueden tener el deseo de vincularse pero no logran descifrar las normas implícitas, como la ironía o los dobles sentidos, lo que a veces los lleva a refugiarse en el ocio individual. También son comunes los patrones repetitivos y un apego estricto a rutinas. Por ejemplo, el orden milimétrico de objetos o una fascinación profunda por temas específicos, desde la astronomía hasta sistemas de tuberías.
— La sensibilidad sensorial suele ser un punto crítico en la convivencia diaria, ¿verdad?
— Absolutamente. Muchas personas con TEA experimentan el mundo con una intensidad auditiva, táctil u olfativa extraordinaria. Lo que para nosotros es un ruido de fondo, para ellos puede ser ensordecedor. Esto explica el rechazo a ciertas texturas de ropa —la necesidad de quitar etiquetas— o una selectividad alimentaria muy marcada frente a consistencias viscosas o gelatinosas. La resistencia al cambio no es capricho, es una búsqueda de seguridad en un entorno que sienten impredecible.
El compromiso de la comunidad
— A pesar de la información disponible, la discriminación persiste. ¿Cuál es nuestro papel como sociedad?
— Nuestro rol es acompañar y respetar las diferencias. No se trata solo de tolerar, sino de incluir activamente para que cada individuo pueda habitar este mundo con dignidad. El objetivo final es mejorar la calidad de vida de niños y adultos, garantizando que alcancen una existencia plena y significativa como miembros integrales de la comunidad.
— ¿Qué mensaje final nos deja en este mes de concientización?
— Debemos conversar más sobre autismo en las escuelas, en los trabajos y en el hogar. La educación y la empatía son herramientas transformadoras. Entender que la diversidad funcional nos enriquece es el primer paso para una sociedad verdaderamente humana.
Omar Acosta
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Mentor de Neuroconvivencias Métodos.
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Neuropsicólogo Clínico (M.N. 1725).
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Especialista en Neuropsicología Clínica Infantil (M.N. 2139).
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Máster en Psicología Clínica Integral.